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Traducciones

(d)Efectos de un Maletín
Ensayos
escrito por Ivan Pinto   
02 de marzo de 2008

1.- ¿Qué hay dentro del maletín literario?

   Para personas que están familiarizadas con el lenguaje del cine la palabra “maletín” suele ir acompañada del famoso efecto “mc-guffin”, que primero cautivó a Hitchcock, luego a Kubrick y hoy en día al filósofo esloveno Slavoj Zizek. Básicamente el efecto es considerado un motivo primario del cine y tiene relación con poner la expectativa del espectador en un objeto cuyo contenido o devenir nos es desconocido (generalmente, un maletín, como en el final de la película de “The Killing” donde Kubrick concentra toda la secuencia final en el destino de un maletín lleno de dólares, o en “Pulp Fiction” de Quentin Tarantino, donde el director, jugando con este referente cinematográfico, no nos muestra nunca el contenido del maletín, solamente su efecto de brillo que se refleja en los rostros de quienes miran); y donde lo importante ocurre por fuera de él, o en los engranajes que lo rodean. Como sea, lo que importa en esos casos, es buscar un motivo que no sólo es visual, si no, expiatorio de la atención del espectador, para, bajo o tras él, resolver el engranaje dramático de los personajes y la resolución final de la historia; en ese sentido, el mcguffin es un efecto destinado a la construcción narrativa, que se mantiene siempre en tensión/relación con los conflictos subyacentes a los personajes y a la historia. A grandes rasgos, es un motivo que busca suspender la atención del espectador, crear un efecto que no sólo distrae del motivo central del film, si no que crea otro motivo nuevo desplazando al primero.

   La pregunta “¿Qué hay dentro del maletín literario?”, en ese sentido, no busca una respuesta fáctica, concreta sobre el hecho (ante la cual cabría responder el contenido: una selección de libros destinados al quintil más pobre del país), si no más bien, situar una pregunta específica en un contexto cultural más amplio. Más concretamente ¿de qué motivos centrales nos pareciera distraer el famoso maletín literario? Pero sobre todo ¿qué otros motivos lo hacen andar, y qué efectos produce?

   Relacionar una política cultural con problemas de lenguaje del cine, a estas alturas no es algo arbitrario o algo que busque enrevesadas implicancias teóricas; más bien, pareciera corresponder casi naturalmente a dos décadas ligadas al imaginario político de la transición democrática que va desde las producciones audiovisuales de la franja del “No” de 1988 (y toda un crecimiento tecnológico ligado al audiovisual que ya avisaba), hasta los exitosos asesoramientos a nivel de imagen institucional, fruto de afinadas alianzas entre expertos de marketing y sociología. La alianza entre imaginería (audio) visual y asesoramiento de imagen institucional da como resultado un tipo de política cultural que ya es característica de la concertación democrática y puede ir desde los famosos carnavales culturales, al sistema de bono, financiamiento y difusión en el área. Así visto, quizás aún no hemos terminado de entender cuáles han sido las consecuencias culturales en el contexto de neomodernización liberal1. aunque si hemos podido reconocer un cambio de paisaje, estructuras y actores, que se nos presentan como señales a tener en cuenta respecto a un cierto manejo en el ámbito de la cultura.

   No creo, por ejemplo, que todo pueda ser achacable a una macroideología que ha tendido sus redes en toda instancia institucional, pero a la vez, no creo que no haya un plan específico de gestión avalado por ciertas ideas en materia de cultura, más bien, esos planes de gestión parecieran dar cuenta de procesos no solucionados, desfases ideológicos, extrañas y particulares negociaciones que se pierden entre el papeleo burocrático y un diagrama mayor, sobre el que, ahora sí, es necesario sospechar.

   Así visto, el efecto mcguffin- maletín, parece dar la clave de lectura para un tipo de programa característico del gobierno de la concertación a nivel de política cultural. En él aparecen desde la torpeza burocrática hasta un entramado mayor preconcebido, desde la maquinaria política, asesorada por un grupo de expertos en marketing político, hasta aquellos “guardianes” de la cultura, que hacen lo posible por evitar todo conflicto en ese ámbito: la cultura, como “recurso”, ha sido un arma eficaz para apaciguar las diferencias políticas, pero así también, las profundas desigualdades económicas propias del neoliberalismo y su aplicación económica a nivel local.

   Entonces ¿qué hay dentro del maletín literario?.
   La respuesta que nos dará un grupo de expertos en administración pública tendrá el tono de una solución marcada en cifras (reducción de la cultura a lo económico), la gestión de su contenido a un grupo de especialistas y académicos (relación entre saber especializado y “cultura”), pero, sobre todo, un sabor a efecto de agenda que ,en el marco de una crisis de popularidad en las encuestas2, parece preocuparse por el quintil más pobre pero que evade un problema cultural y político de fondo en dos escalas:

- Uno a nivel estructural, económico y social. La crítica de izquierda ha hecho énfasis en tópicos como la redistribución del ingreso o el cambio estructural de la economía, así como también la injusta relación entre educación e ingreso económico3.
- pero otro a un nivel simbólico sobre el cual es necesario detenerse.


   2.- Recientemente un blogger4 comentaba a propósito de la selección de los libros elegidos por el grupo de especialistas que ese tipo de libros, justamente, era el tipo de libros que lo habían alejado de la lectura (y que, por ende, el tema era una cuestión de “gustos”). Lo que quiero demostrar aquí, es lo contrario: se trata menos de una cuestión de gustos que de un concepto de cultura. Por otro lado, se trata menos de torpezas burocráticas y confusión, que de prácticas concretas que avalan una política cultural específica.

   Por supuesto que cuesta imaginarse cómo irán a ser recibidos un tomo de la “enciclopedia…” o un libro de Oscar Wilde, a manos de una familia que, muy posiblemente, haya tenido poco acceso a una “cultura del libro”, y más aún, a “la lectura”, al menos, como se imagina usualmente este término5. En esa extraña y abismal distancia entre un grupo de especialistas en imagen institucional, administración pública y “cultura” (una decisión tomada dentro de oficinas y cubículos), y la entrega concreta de un maletín de libros que representarían algo así como “lo más granado de la alta cultura literaria”, justamente, en esa distancia, me quiero detener.

   Por que si hay algo que molesta en este famoso maletín, tiene que ver con una especie de resolución aséptica y feliz que habría que aceptar como medida por considerarla “generosa” pero absurda como política cultural. Concretamente, pasamos del efecto mcguffin, al de anamorfosis6: la extraña y abstracta idea del maletín (y con ella la imagen de su entrega de parte de un funcionario público en el medio de una posible situación de vida completamente ajena a él) parece ser la deformación exacta y concreta entre un modelo ilustrado y conservador de la cultura y una aplicación técnica e inmediata de sus conceptos (una alianza única entre buro y tecno-cracia), sin medir contextos culturales o consecuencias concretas; una medida sorda, y ciega, que parece menos preocupada por las condiciones de recepción que por el hecho que se vea y bien.

   Me gustaría hacer énfasis que lo que está en juego aquí es un problema simbólico, es decir, de lenguaje.

   En el relato Ilustrado (y gestionado) de la cultura, ella está manejada siempre por expertos. Quizás, si hay algo que caracteriza a tal modelo ilustrado de gestión, es establecer una relación concreta entre “tipos de saberes” -alta/ baja cultura- y “estratos sociales” - altos y bajos- en un triángulo que siempre acaba y termina en la “alta cultura”7. El conflicto simbólico se encuentra justamente aquí: en el modo de invalidación de ciertos regímenes lectores y la sustitución por otro, legítimo, institucionalmente avalado, resguardando ambas diferencias como intactas, no procesadas ni problematizadas.

   Sin embargo el tema no termina aquí. La selección de libros da cuenta de una negociación con las editoriales, en su mayoría majors y preocupadas por crear nichos de mercado a nivel latinoamericano. Contradiciendo los diversos análisis que se han venido haciendo desde diversos sectores ligados al análisis cultural8, en cuanto a generación de mercado (con implicancias a nivel de consumo y procesos cualitativos) y políticas culturales que avalen la diversidad cultural, la negociación ha obviado completamente editoriales nacionales e internacionales de carácter indie. En ese sentido produce rabia e impotencia que editoriales pequeñas que han trabajado arduamente por abrir espacios de diálogo cultural, editando autores nacionales, promoviendo colecciones y series a bajo costo, desarrollando temas que ayudan a la diversificación textual y al enriquecimiento del imaginario social, estén completamente ausentes del maletín, me refiero a editoriales como LOM, JC Saez o Cuarto Propio, todas ellas aunadas en un grupo de editoriales independientes.

   Son, entonces, dos niveles que se tocan: uno simbólico (se establece un criterio de legibilidad, una política despótica de lo cultural, en la cual el Estado actúa con impunidad y normatividad) y uno económico (la selección está dada dentro de un grupo de editoriales que han negociado con la institución, estableciendo un pacto definitivo entre Estado y Mercado).

   Hace un par de años fueron los analistas culturales ingleses (Hall, Williams) los que hicieron una crítica a la relación específica entre neoliberalismo y neoconservadurismo, dando cuenta que si bien la economía, en plena Tatcherización, caía en un proceso de desregulación estatal (pero donde igualmente el Estado seguía siendo utilizado para aprobar leyes aprobatorias del mercado) esto se producía a la par de un auge neoconservador a nivel cultural, que servía para mantener intacta ambas esferas.

   Hay muchas cosas que definen una noción de cultura conservadora, entre ellas podemos nombrar:
   - la autonomización de la esfera artística de una esfera social
   - la mantención de niveles de circulación de la cultura (artística, popular, mediática), o la repostulación de esos niveles en el marco de la “crisis de la cultura”9.

   Creo que todas ellas se dan cita en el mentado mcguffin literario, y creo, a su vez, que como política estatal aboga por una desregulación a favor del mercado.

   Vamos por partes:
   El “maletín literario” se da en el marco de una serie de iniciativas llamadas “fomento de la lectura” que, desde hace un par de años, cuenta con fondos estatales, y se encuentran en ella intereses pertenecientes tanto al ministerio de educación como al del recientemente formado “consejo de la cultura”.

   Siendo el maletín una figura de llegada, una conclusión casi lógica de ellas, cabe preguntarse ante la evidencia, por qué tipo de concepción de lectura se está promoviendo en estas campañas10 y si “la lectura” es asumida como fin o como medio para llegar a algo. Las respuestas no nos hacen esperar mucho. La lectura promovida es una de carácter desarrollista, que, posiblemente, resguarde ideas específicas con respecto al “valor literario”, pero no como un medio para llegar a un fin. Más bien, este fin parece difuso y ambiguo y puede ir desde una concepción didáctica a una íntima, desde una patrimonial a una autonomizadora de lo literario. Seamos claros:

   Leer pero ¿para qué?

   La pregunta sería, entonces, tanto por un criterio de selección de libros (pero ojo, como son mediados por una esfera de la “alta cultura” para llegar al “quintil más pobre”), como por aquellos contenidos y visiones que se excluyen.

    La lectura, entendida como valor autónomo es una concepción vacua, elitista y desconectada de realidades y necesidades sociales concretas .

   Para contrastar esta política me gustaría pensar por un lado en las políticas editoriales ligadas a imaginarios estatales de los sesentas, por ejemplo: Quimantú, en la cual es fácil leer un paradigma de la lectura como medio para acceder a algo más (ascenso y desarrollo social, educación, herramientas conceptuales)

   Pero no hace falta ir tan lejos, la iniciativa de LOM de libros a bajo costo parece una iniciativa destacable dentro de las iniciativas locales y ella tiene por nombre, justamente, “Libros del ciudadano”.

   Pues bien, vamos acercándonos a donde quiero llegar.

   La escritura, así como la lectura son fundadoras de ciudadanía, si por ello nos atenemos a la convivencia dentro de la Polis, ella se encuentra en el centro de la creación de una esfera pública, si entendemos por ella un espacio autónomo donde Estado, Mercado y Sociedad pueden dirimir las diferencias políticas en el marco de un ajetreado proceso de modernización11.

   En el marco de la globalización la noción de un Estado normativista, pero no asegurador de la diversidad puede ser catastrófico, si no entiende que su función es justamente asegurar esas diversidad cultural en el sentido más intrínseco de ella, una que, por supuesto, supone la igualdad (una igualdad imposible, diríamos con Ranciére o Derrida). Establecer un mínimo común debería ser un punto de llegada, pero ¿cómo hacerlo en un profundo proceso de descentralización de las prácticas culturales? ¿cuándo, justamente, las referencias ilustradas de la cultura han perdido horizonte (junto con ellas toda noción de “valor literario”)? ¿si la globalización, como decíamos, justamente habilita para los consumidores procesos infinitamente diversificados de lectura?. Seguramente se necesita cualquier cosa, menos una medida normativa sobre la cultura, y, quizás, tomando ideas de otros países (Brasil, México, Argentina) un Estado más preocupado por la elasticidad que por la normativa (no sólo en sentido jurídico, si no, normalizador de la esfera de la cultura).

   Desde aquí, mi parecer es que el Estado, hoy, está imposibilitado de herramientas para establecer una política cultural de la lectura efectiva ¿Por qué? Básicamente por que su visión se reduce a ámbitos estamentales, legales y jurídicos; por que no está interesado en establecer discusiones sobre el “valor”12 cultural y los bienes simbólicos, y, finalmente, por que es esquivo ante una pregunta infraestructural, le resulta más interesante invertir en “experticias” y “ grandes editoriales” que incentivar, promover y producir industrias culturales de base local13, es decir, pensar en la cultura como “recurso”14.

   Es cierto que si bien García Canclini ha hablado de “consumidores y ciudadanos” y dentro de esa idea pareciera resguardarse una contradicción inherente (por mucho que la social democracia insista en asimilarlos), la discusión entre Mercado, Estado y Cultura encuentra un área fecunda de análisis así como de desafíos para la gestión cultural, en esa disyunción intrínseca (CyC) encontramos la base para una discusión factible y concreta sobre políticas (posibles) de la cultura.

   En síntesis:
   En el marco de una crisis política y una bajada de encuestas, y afectado por demandas ligadas a la desigualdad económica y educativa, el gobierno decide fomentar una medida llamada “maletín literario” en el cual un grupo de especialistas en cultura eligen un grupo de libros representativos de lo más granado de la literatura (y de las editoriales multinacionales) para repartirlo en el quintil más pobre.

   Lo que he intentado plantear aquí es que como política estatal es impositiva a la vez que liberal; que no busca solucionar el problema de fondo (desigualdad social) si no, promover al Estado benefactor y a la empresa multinacional con interés en nicho local bajo una medida de tono cuantitativa. A su vez, promueve una idea de lectura aséptica, ligada a valores de la alta cultura, completamente acorde con una concepción históricamente conservadora, en vez de preocuparse por procesos cualitativos de lectura y promover la producción y difusión de las llamadas industrias culturales. A todo eso lo he llamado efecto mcguffin.


Referencias:

1 Recientemente Luis Cárcamo Huechante ha hecho un análisis de interés para estas cuestiones. Ver “Tramas y trampas del mercado”, Cuarto propio, 2007.

2 Cabe decir que la expectativa presentada por el gobierno de Michelle Bachelet, debido a una cantidad variada de factores que van desde la crisis del transporte público hasta la atrincherada política concertacionista, las denuncias de corrupción, han tenido cara en una pérdida considerable de credibilidad de su gobierno. Veáse encuesta

3 Como se sabe Chile tiene actualmente una difícil situación a nivel de educación pública, la cual prácticamente es inexistente, aún más a nivel superior, que ha hecho una relación específica entre niveles y tipos de saber e ingreso económico, relegando el saber propiamente universitario a un grupo minoritario de la sociedad.
4 Link al comentario.

5 Cabe decir que si hay algo que define a la globalización es justamente un proceso de complejidad en los regímenes lectores, entendiendo por ello, una codificación cotidiana de la cultura como “texto”, esta es, quizás, la única veta democrática de este proceso, y que implica ostensiblemente, una dislocación entre procesos lectores a diferentes y variados niveles. Al respecto, por ejemplo, veáse: Barbero: “De los medios a las mediaciones”, Canclini “Culturas Híbridas”.

6 La anamorfosis es otro recurso cinematográfico que tiene relación con la deformación física de los retratados con el uso de un lente especial puesto a la cámara, tiende a ser una proyección unilateral de algo bidimensional desde un punto de vista.

7 Por lo que, nuevamente, no se trata de una cuestión de “gustos”, así como tampoco de un criterio de selección de literatura, canónica o no.

8 Veáse: VVAA, “Industrias culturales en el proceso de integración latinoamericana”, Yúdice, George “El recurso de la cultura” e “Industrias culturales en el MERCOSUR”, un documento de carácter oficial avalado por el Gobierno de Chile.

9 Un fiel representante del neoconservadurismo en ese sentido podría ser el sociólogo Botho Straub, quien, básicamente, postula recuperar un cierto elitismo aristocrático en la esfera de la cultura. Otro neoconservador en este ámbito de reflexión, podría ser Harold Bloom.

10 Un amigo me comentaba: ¡parecen hechas por gente que jamás ha leído un libro!, ante lo que habría que darle la razón al blogger y sus gustos.

11 Asimilamos las tesis de Sennett y Habermas, entendiendo que la modernidad se caracteriza por una profusa confusión de niveles de lo público (ligado a la Polis) y lo privado (ligado al Oikos), entendiendo que las esferas económicas y políticas requirieron de un espacio desde donde “auto objetivarse”.

12 No sólo en el sentido no literario si no económico y político del término.

13 Al respecto de esto último, cabe destacar que una política interesante es llevada desde hace un par de años en Buenos Aires, promovida por el gobierno de la ciudad. Ella consiste en un laboratorio de Industrias culturales que tiene como principio base un fuerte planteamiento local de incentivo a la producción y promoción cultural local contando con sellos editoriales y musicales así como un Observatorio de IC, que tiene como fin, proteger, promover y difundir este tipo de bienes simbólicos a nivel nacional, entendiendo que, en el marco de la globalización, a las instancias gubernamentales les toca defender su patrimonio local , ampliando y complejizando a su vez los procesos de consumo cultural ciudadano. Más info

14 Adhiero a la inquietud de Daniel Reyes formulada en este mismo espacio acerca de la insistencia de establecer políticas públicas sin profundizar en los procesos de formación cultural. Ver

 

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