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La exposición NEGATEC, y el dilema ético que nos propone.
escrito por Cristóbal Farriol   
15 de junio de 2007

Las normas productivas del circuito del arte, parecen llevarnos a ciertos impasses. Pese a que -desde la facturación de una obra hasta su exhibición- haya todo un trabajo orgánico y perfectamente legible como secuencia, nada de eso está exento de conflicto. Entre el deseo del artista, y las demandas del medio (sea solo de exhibición, o de ventas) suele haber una diferencia la más de las veces negociada. Todo aquello que vemos en una sala de exposición, de alguna forma ha pasado por algún proceso de conciliación, y las que no, son realmente excepciones en el conjunto, y merecen por lo menos nuestra curiosidad (¿cómo hizo para no transar?). Al conciliarse las dos mociones, lo que resulta como obra exhibida es una formación de compromiso, donde ambas partes quedarán tan medianamente conformes, como medianamente disconformes. Desde luego, el grado de disconformidad sería proporcional al grado de diferencia entre ambas mociones, y así, un mayor grado de consenso hace devenir una obra de mayor debilidad. Debilidad en cuanto a la postura ética de la obra, tan tibia como la combinación de medio litro de agua caliente, y medio litro de agua fría.

Y si uno, como artista, se ve tantas veces en medio de esa negociación, no ha de ser necesariamente por una postura sumisa, o medio esclava, o simplemente masoquista (aunque más de alguno así debe haber), sino por el simple hecho de que ambos (artistas y medios de exhibición) estamos dentro del mismo sistema: el del arte. No tenemos muchas opciones, y encima, ambos se necesitan. Este párrafo lo considero un paréntesis, y quisiera cerrarlo con la sugerencia de no retroceder ante la posibilidad de subvertir ese circuito que, al menos por estos días, resulta ser de una dinámica más bien autómata: un incesante más de lo mismo, donde el verdadero encuentro con la discontinuidad parece no tener cabida.

 

 

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Si bien todo esto lo he estado reflexionando el último tiempo, la visita a la exposición NEGATEC, en el Espacio Fundación Telefónica (Buenos Aires) coincidió con los problemas que me he estado planteando. En ella, se encuentran obras de Alfredo Jaar, Critical Art Ensemble, Ingo Günther, Iñigo Manglano-Ovalle, Jenny Perlin, Liza McConnell, Martina Fisher, Mika Rottenberg, Ola Pherson, Oswaldo Maciá, Roberto Jacoby, Syd Babor, Wim Delvoye y los Yes Men. Si bien el sentido de una muestra grupal ha de situarse en su conjunto, hay ciertas obras en particular que quisiera destacar, o que, al menos, me parecen más representativas de los puntos que quisiera desarrollar. En general, el sentido que la muestra propone, consiste en una crítica a las posibles causas del actual malestar en la cultura: globalización, su consecuente nueva forma de desigualdad, desarrollo tecnológico y los nuevos modos de gozar que éste nos ofrece.

 

 

 

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Los Yes Men interpretan (frente a un grupo de estudiantes que no saben que son actores) a un par de empresarios que proponen el reciclaje de nuestros desechos digestivos, para permitir una alimentación más económica en los países del tercer mundo. Los estudiantes reaccionan horrorizados, pero hay otras presentaciones de este grupo (que no están en la exposición, pero son accesibles por Internet) donde hacen propuestas similares en congresos de empresarios, y éstos reaccionan con una ovación. Desde luego, su objetivo es la provocación. Los mismos estudiantes, al refutarlos, les acusan de tratar a los tercermundistas de maneras menos dignas que sus propias mascotas, cosa que los Yes Men acuerdan. Su provocación permitió generar una instancia de reflexión la mayoría de las veces inexistente: las fallidas compensaciones a la actual desigualdad de la globalización.

 

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Martina Fischer dispone en el suelo tres autos eléctricos de juguete, alimentados eléctricamente por un cable enchufado. Se ven limitados en su movimiento por el mismo cable que les provee energía. Por un lado similar, Roberto Jacoby y Syd Babor, en su obra “la castidad”, aluden a una nueva forma de amor platónico, que paradójicamente se da en el sexualizado medio de los chat para encontrar pareja. Esa castidad a la que aluden, parece ser una irónica forma de referirse al autoerotismo. Fisher propondría, sobre la tecnología, que nuestra dependencia con ella no nos significa libertad alguna, y la obra de Jacoby y Babor nos muestra parte de los nuevos modos de goce que hallamos en la técnica.

Pero estos sentidos que puedo leer en esas obras, realmente pasan a un nivel secundario a la hora de tomar en cuenta su contexto. No me refiero al contexto cultural actual, el cual después de todo es su causa, su razón de ser. Me refiero al contexto de su espacio de exhibición. La empresa Telefónica, si bien no recicla desechos digestivos, es una empresa privada y transnacional de principio a fin. Más aun, el edificio de este espacio de exhibición fue sede de la Empresa Nacional de Comunicaciones, que luego sucumbió ante las políticas de privatización durante los años 90(1). En fin, Telefónica no recicla excremento para vender comida barata al tercer mundo, pero de todos modos, se desenvuelve plenamente en todas las dinámicas e instancias que estos artistas critican. Lo que comento no es algo que observe por primera vez. Es conocido en Argentina el concurso de artes visuales que organiza la empresa petrolífera Repsol, y en Chile, Carlos Cardoen, el gran empresario armamentístico del país, suele cooperar en el financiamiento de actividades culturales. Todo eso hace que el sentido del conjunto de la muestra se debilite o, al menos, se transforme.No dudo de la potencia de las obras. De hecho, mi entusiasmo al observarlas consistía en ese brío. Pero mi entusiasmo se vio atenuado en el momento en que caí en la cuenta de dónde estaban siendo exhibidas. El contexto de exhibición es algo que, si uno lo desea, puede desestimar (limitarse a ver la obra “en sí”, bajo la equívoca idea que la obra se sustenta en si misma), pero por más que lo desestimemos, es algo que está ahí. Ignorarlo no es hacerlo desaparecer, sino, en el mejor de los casos, no inscribirlo en nuestro juicio.

 

Las obras, en su particularidad, poseen un potencial que no menosprecio en absoluto, pero el resultado obtenido entre las obras, y el lugar donde se exhiben, generan un nuevo sentido, una metáfora que nos hace oír muy débilmente el discurso de las obras en juego. Lo débil no es el sentido total de la muestra (éste es de todos modos ambiguo), lo débil radicaría en lo debilitado del discurso de estas obras en juego. Su mitad fue ciertamente negociada, en la formación de compromiso que significa hacer una exposición.
Para terminar, quisiera reiterar que no pongo en duda la calidad de las obras en su particularidad, ni tampoco en su conjunto, aun considerando su contexto. Lo que considero inquietante es el dilema ético que nos propone. Es una forma de libertad de expresión sumamente común en estos días; un intento de subvertir un discurso, dentro de ese mismo discurso, lo cual nos da la libertad de movimiento de los autos eléctricos de Martina Fischer. Esa es la libertad con que continuamente lidiamos. Es solo percatándonos de ello que puede hacerse posible hallar una discontinuidad.

 

(1)  Para más detalles, tanto históricos como de alcances semánticos de este espacio, ver La Ferla, Jorge (2006), Eduardo Kac (se) expone en Buenos Aires, EN A.A.V.V., Eduardo Kac, obras vivas y en red, fotografías y otros trabajos, catálogo de la exposición en Espacio Fundación Telefónica, 2006.

 



Links

 

http://www.theyesmen.org/

http://www.telefonica.com.ar/espacio/

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